29 de noviembre de 2025
Autor:
Rafael Valcárcel Ramos
El Real Madrid ha invertido más de 140 millones de euros en reforzar su plantilla para la temporada 2025. Sin embargo, los resultados ante los grandes rivales siguen sin llegar, y la sensación general es que el equipo ha perdido rumbo, carácter y coherencia.
Entonces, la pregunta es inevitable: ¿de quién es culpa?
Xabi Alonso llegó con una idea clara: presión alta, valentía y modernidad táctica. Pero el paso de los meses ha traído una versión más conservadora, menos reconocible. El técnico vasco parece haberse adaptado a las inercias del club en lugar de imponer su identidad. Ni los jóvenes tienen oportunidades, ni se ve una apuesta real por la cantera. El Xabi del Leverkusen, el del “rock and roll”, el que no temía romper jerarquías, hoy parece diluido entre decisiones cautas y alineaciones previsibles.
Poco respaldo al entrenador, poca autoridad con los jugadores y una planificación incoherente La planificación deportiva del club presenta contradicciones evidentes. Se han renovado contratos de jugadores con rendimiento irregular, mientras posiciones clave siguen sin refuerzos reales. La directiva parece haber perdido equilibrio entre proteger su proyecto y dotarlo de herramientas deportivas sólidas. El caso de Kylian Mbappé es el más representativo: el proyecto gira completamente en torno a él, pero su rol actual “delantero centro” no termina de encajar. El francés acumula más del 98% de los minutos disputados, y empieza a evidenciar desgaste físico, además de poca frescura en partidos grandes europeos y esto hace que no se puedan probar otros perfiles cuando se necesitan. A la vez, la directiva muestra poco respaldo real al entrenador. Le exige resultados inmediatos, pero no le otorga autoridad para tomar decisiones firmes sobre las jerarquías del vestuario. El resultado es un Xabi Alonso condicionado: obligado a convivir con figuras intocables y sin margen para apostar por los jóvenes o modificar estructuras. Mientras tanto, el equipo sigue sin un creador de juego desde la base, improvisando por la banda derecha y dependiendo de soluciones circunstanciales. Más que planificada, la gestión deportiva se percibe reactiva y desequilibrada, con decisiones que responden más a urgencias del momento que a una visión de futuro.
Dentro del vestuario, la meritocracia se ha desdibujado. Hay futbolistas que mantienen titularidades pese a un bajo rendimiento, mientras otros, especialmente jóvenes apenas tienen oportunidades. Rodrygo y Brahim siguen acumulando minutos sin impacto real, y promesas como Gonzalo o Endrick continúan en un rol testimonial. Incluso decisiones recientes, como alinear a jugadores recién salidos de lesión, dan la sensación de que el “nombre” pesa más que el estado físico o el rendimiento. En un club que siempre se definió por la competencia interna, hoy parece que la jerarquía manda más que el mérito.
Quizá el problema más profundo no esté en el banquillo ni en la directiva, sino en el entorno. El madridismo parece instalado en una peligrosa complacencia. Hay más aplausos que autocrítica, incluso cuando el equipo lleva más de un año sin imponerse en los grandes escenarios. El Real Madrid siempre se distinguió por la exigencia, por no conformarse nunca. Hoy, esa identidad parece haberse diluido entre narrativas de confort y victorias parciales.
Este Real Madrid no necesita más fichajes ni discursos populistas, sino recuperar su esencia competitiva. Necesita al Xabi del rock and roll, al discípulo de Mourinho que no temía romper jerarquías ni desafiar inercias. Porque cuando el Real Madrid deja de incomodar, deja de ser el Real Madrid.